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Faro Evangelistas: Ciento treinta años de luz en el fin del mundo

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Faro Evangelistas: Ciento treinta años de luz en el fin del mundo

Faro Evangelistas: Ciento treinta años de luz en el fin del mundo

Punta Arenas. 20 septiembre 2026. Existe una roca en el confín del Pacífico austral donde el mar nunca descansa. Vientos perpetuos que superan los 120 kilómetros por hora, rachas sobre los 200, olas de más de veinte metros y temporales que no dan tregua. Sobre ese peñón de esquisto, asomando 56 metros sobre las aguas frente a la boca occidental del Estrecho de Magallanes, se levanta desde hace ciento treinta años el Faro Islotes Evangelistas: uno de los centinelas australes de Chile. El 18 de septiembre de 1896 su fanal destelló por primera vez, y desde entonces no ha dejado de hacerlo, puntual como una marea.

La epopeya de la construcción

Encenderlo fue una epopeya. El faro no nació de la improvisación: ya en diciembre de 1892 el teniente Baldomero Pacheco, uno de los hidrógrafos más calificados de la Armada, había sido el primer oficial en escalar aquellos dificilísimos peñones para determinar si era posible construir. Cuando el ingeniero escocés George Slight avistó los islotes en marzo de 1894, anotó en su diario que jamás había imaginado algo «tan agreste, salvaje y desolado como esas rocas oscuras». Donde cualquiera habría declarado el lugar imposible, Slight vio el sitio exacto que la República necesitaba para iluminar el paso por el que Chile había entrado a la historia. La base de operaciones se instaló en un fondeadero que bautizaron, con exactitud sobrecogedora, «Puerto Cuarenta Días», por la paciente espera hasta que el mar concediera una ventana para abordar la roca.

La faena comenzó el 30 de abril de 1895 y fue una lucha sostenida contra los elementos: de cada tres días, solo uno permitía trabajar. Cerca de ochenta hombres pasaron por la obra a lo largo de dos años —muchos no soportaron las penalidades del paraje—, y el núcleo lo formaron albañiles croatas de Dalmacia junto a trabajadores chilotes, dirigidos en terreno por el ingeniero Luis Ragosa bajo el proyecto de Slight. Se izó piedra a pulso por el costado del acantilado, se dinamitó una cueva para refugio y bodega, y el 7 de noviembre de 1895 se colocó la primera piedra: bajo la fundación quedó una cajita de cobre con monedas y un acta firmada.

El encendido: una luz para todas las banderas

La fecha del encendido no fue casual: el 18 de septiembre honraba a la Patria y, a la vez, al presidente Jorge Montt, gran impulsor de la señalización marítima, que ese mismo día concluía su mandato. Dos días después, los vapores Iberia y Menes fueron las primeras naves en ver su luz, y el 19 de diciembre se realizó la inauguración oficial. La obra costó 207.350 pesos de la época, cifra que da cuenta del esfuerzo colosal que significó. Slight, que llegó a proyectar más de sesenta faros en Chile, murió en 1934; sobre su tumba quedó grabado un epitafio que el tiempo ha confirmado: «Su luz brillará por siempre sobre las aguas del Océano Pacífico».

El secreto está en su gente

Pero el secreto de Evangelistas nunca estuvo en sus muros, sino en su gente. En esa roca no viven familias: un puñado de fareros enfrenta el aislamiento por períodos que han superado los cuatro meses, sin auxilio inmediato. Deben saber hacer de todo —desde el registro meteorológico cada tres horas hasta la mantención del generador, la enfermería o la elaboración del pan— porque en el fin del mundo no hay a quién recurrir. Ciento treinta años de relevos, de corderos izados a pulso, de cartas que tardaban meses y de navidades pasadas en la nostalgia, sostienen cada destello. Detrás de la máquina late siempre una decisión humana: la de guiar a los navegantes y ser una luz en la tormenta.

El reconocimiento de la IALA

Ese mérito, largamente silencioso, alcanzó por fin resonancia mundial. El 10 de diciembre de 2025, en la reunión anual de su Consejo celebrada en Mumbai, la Asociación Internacional de Señalización Marítima (IALA) designó a Islotes Evangelistas «Faro Patrimonial Mundial del Año 2026», el primer faro chileno en recibir la distinción. La candidatura se impuso entre catorce postulaciones y superó en la final a dos joyas europeas —el británico Mull of Galloway y el español Portopí—, gracias a su ubicación extrema, su historia más que centenaria en una de las rutas más desafiantes del planeta y la labor permanente de la autoridad marítima chilena. Es el más alto reconocimiento que un faro puede recibir de la comunidad internacional especializada, y las autoridades navales lo enmarcaron menos como tributo a la piedra que como homenaje a su gente: al anunciarse el premio, cuatro fareros —tres hombres y una mujer— estaban en la roca, cargando sobre sus hombros una historia que ha cruzado tres siglos.

Las palabras del Comandante en Jefe de la Tercera Zona Naval

El Contraalmirante Juan Soto Herrera, Comandante en Jefe de la Tercera Zona Naval, resumió con emoción el sentido de la conmemoración:

«Es un gran orgullo estar celebrando 130 años del encendido del Faro Islotes Evangelistas, que se realizó precisamente el 18 de septiembre en homenaje al Presidente Errázuriz, que concluía su mandato, dando inicio al control positivo de la seguridad a la navegación en nuestro Estrecho de Magallanes. Este faro, uno de los históricos construidos por George Slight, es un tremendo orgullo: 130 años de funcionamiento ininterrumpido dando seguridad a la navegación, protección de la vida humana en el mar y sirviendo a esta tremenda ruta de conexión entre los océanos. Este faro nos recuerda una tremenda vocación que tiene la Marina, y que se materializa en nuestra especialidad de los fareros, que, estando solos y alejados de sus familias, tienen un corazón enorme que no late, sino que destella, y protegen nuestras aguas».

Las palabras de Mateo Martinic

El Premio Nacional de Historia Mateo Martinic supo poner la efeméride en su justa dimensión. Recordó que «se cumplen 130 años desde el momento histórico en que se iluminó el faro Islotes Evangelistas en la entrada occidental de nuestro querido y exclusivo Estrecho de Magallanes, canal por el cual Chile entró a la geografía y a la historia por la mano y el genio de don Fernando de Magallanes ya hace un poco más de cinco siglos». El historiador subrayó que «el momento es el adecuado para revalorar lo que hace la Armada de Chile en el cuidado de nuestro litoral, nuestra soberanía y la protección de aguas nacionales y con seguridad para las vidas de cuantos navegan por estas complejas aguas». Y añadió un reconocimiento entrañable: «un recuerdo especial para nuestros dignos y abnegados fareros de la Armada de Chile, que han hecho una especialidad hermosísima del servicio de los faros, siendo un ejemplo de cómo nuestros marinos asumen su responsabilidad ante el país y el mundo».

Ciento treinta años de luz

En esas palabras cabe el sentido entero de la conmemoración. Faro islotes Evangelistas no es solo un prodigio de ingeniería levantado contra el viento y el mar: es un símbolo de la soberanía que se ejerce cuidando, de la Patria que se afirma no en el estruendo sino en el servicio callado. Cada diez segundos, un destello blanco corta la noche y se proyecta sobre veintitrés millas de mar embravecido, y en el puente de un buque que enfila hacia el laberinto de los canales alguien lo ve y respira, porque sabe que la boca del estrecho está ahí, y que no está solo. A ciento treinta años de aquella primera chispa, la promesa de Slight se cumple cada noche. Porque, como reza la consigna de la hermandad de los Fareros del Fin del Mundo, el corazón de un farero no late: destella.

 

 

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