Los científicos necesitan ayuda para superar la destrucción de los ecosistemas
Santiago. 19 octubre 2019. Cuando nos imaginamos a un científico tendemos a pensar en gente objetiva, separada emocionalmente de su objeto de estudio. Personas capaces de llevar a cabo experimentos para encontrar relaciones entre sucesos, que no se dejan guiar por sus sentimientos. Y esto no podría ser menos cierto en la inmensa mayoría de los casos.
Tampoco en el caso de los ecólogos y los especialistas en biodiversidad, en los científicos cuyo trabajo consiste, en la mayoría de ocasiones, en ver cómo la crisis ambiental en la que vivimos inmersos hace desaparecer aquello que estudian. Y una carta publicada la revista Science pone el foco sobre este problema.
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Porque es un problema, y un problema serio. Muchos de los investigadores que se dedican a tratar de entender cómo funcionan los ecosistemas que nos sustentan ven como, poco a poco, estos mismos ecosistemas van desapareciendo. Y esto impone sensaciones muy duras en ellos.
Imaginemos un biólogo o ecólogo marino, que ha dedicado su tiempo y esfuerzo en estudiar la Gran Barrera de Coral y que tiene que ver cómo va desapareciendo, cómo el coral se blanquea con el paso de los meses, cómo la enorme diversidad que define este lugar va poco a poco desapareciendo.
O aquellos que investigan entornos árticos. Estos investigadores ven estos lugares van perdiendo sus capas de hielo, las dinámicas cambian, las especies se acercan a la extinción… y no lo hacen de manera completamente desapegada.
Podríamos citar más ejemplos: quienes estudian bosques que sufren deforestación, lagunas que se secan, entornos que se contaminan hasta quedar en una sombra de lo que fueron, especies que desaparecen y se extinguen…
Todos estos investigadores sufren al ver los resultados y las consecuencias de la crisis ambiental. Pero, por desgracia, no cuentan con mecanismos ni estructuras de apoyo que les sirvan para sobrellevar las consecuencias de lo que tienen que ver.
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Y lo que piden los investigadores en su carta es sencillo: que se deje llorar a los investigadores. Que se permita a estos expertos pasar un duelo al ver cómo aquello a lo que han dedicado su pasión investigadora se degrada hasta resultar irreconocible, o desaparece por completo. Que se les deje “ser humanos”, que no se les imponga una objetividad y un desapego que no es posible.
Por una cuestión de salud mental, porque no es sano tratar de enterrar este tipo de sentimientos. Igual que existen estructuras de soporte para aquellos que trabajan en emergencias, militares o doctores. Siempre teniendo en cuenta las diferencias, pero también los paralelismos entre las situaciones.
Y si no lo pensamos por ellos como personas, hagámoslo por ellos como investigadores. Las situaciones de estrés emocional reducen la creatividad – que es una de las características más importantes que debe tener todo investigador – y la capacidad de trabajo. Si queremos que sean capaces de encontrar soluciones a los problemas ambientales, deben poder rendir al máximo, y en situaciones de duelo sin gestionar esto no es posible.
Bien por ellos, por nosotros o por ambos, deberíamos dejar que los ecólogos lloren por sus ecosistemas.
















