VUELTA DE VACACIONES
Columna de opinión de Eugenio Tironi para El Mercurio. Se ha criticado al Presidente Piñera por tomarse vacaciones en el extranjero en la semana horrible de su gobierno: protestas callejeras de todo tipo, congelamiento de proyectos emblemáticos, conflictos entre ministros, rebelión de sus bases de apoyo parlamentario y, por si esto fuese poco, una caída a pique en las encuestas. Pero la crítica es injusta. Él necesitaba estar en paz y rodeado de su familia para hacer el duelo por una pérdida que a una persona como él, acostumbrada al éxito, le debe resultar dolorosa. ¿Quién ha muerto? Creo que es obvio: lo que murió fue la «nueva forma de gobernar» (NFG) y, con ella, el mesianismo tecnocrático que inspiraba al Presidente. Porque dejémonos de cuentos: no es que su gobierno careciera de «relato», sino que aquel que lo iluminó, el de aplicar al Gobierno las exitosas recetas de la empresa privada, nombrando con este fin a gerentes y abogados corporativos en el gabinete, definitivamente no prendió.
¿Por qué no prendió? Por lo que podríamos llamar el «síndrome Allende»: pretender hacer cambios sin construir una mayoría cultural, social y política para ello. No nos engañemos: Sebastián Piñera fue elegido por un accidente, como fue la división del electorado de la Concertación en protesta contra sus partidos y su candidato. Su campaña se basó en promesas astutamente elegidas para tener impacto electoral, no en el empuje incontenible de una corriente política con raíces ideológicas e históricas profundas. Es más: él ganó jactándose de no ser tributario de ninguna de ellas, lo que incluía a la derecha; y conformó su gobierno dándoles la espalda a las redes políticas tradicionales de este sector.
Por eso mismo, mal puede hoy reclamar su incondicionalidad. Pasó por alto que no tenía mayoría en el Congreso, y la NFG carece, por su definición iluminista, de la disposición a pactar, como la Concertación en el pasado. Todo esto ha conducido a una polarización sin precedentes, a lo que se suma un bloqueo legislativo, expectativas frustradas, divisiones en la coalición gobernante, aislamiento del Presidente. Con Allende se vivió algo semejante, aunque a nivel mucho más extremo; pero éste tenía a su favor algo de lo que carece el Presidente actual: el cariño incondicional de un sector de la población movilizado y organizado.
La autopsia de la NFG mostrará otras tres causas adicionales de su deceso. Una, que su idea matriz -gestionar la cosa pública como una empresa privada- se reveló no sólo inconducente, sino incendiaria: lo ocurrido con el gas de Magallanes es un ejemplo, pero hay muchos más.
Dos, que su lógica de retail , según la cual la ciudadanía se guía, como el consumidor, por ofertas y resultados, y no por aprecio y lealtad, resultó suicida. Cuando la relación es transaccional, todo siempre es poco, y la vista se vuelca indefectiblemente a la letra chica: así ha ocurrido con la NFG.
Y tres, que habiendo o no votado por Piñera, la ciudadanía esperaba cambios, pero ha descubierto -algunos con desazón, y otros con una complacencia- que, en realidad, no importa mucho quién gobierne: las cosas siguen igual o, en cualquier caso, los cambios no son tan espectaculares como se los pintaba.
El Presidente Piñera es un hombre pragmático, que se guía por evidencias. Éstas son contundentes: la NFG está muerta, y cualquier intento de aplicarle respiración artificial es inútil. Tiene por delante una tarea dura, como es reformular de raíz su gobierno y darle el alma que la » Piñera Way » no fue capaz de ofrecerle. Ésta sólo la puede encontrar en la derecha o en la Concertación: debe elegir.
Es una de las decisiones más importantes de su vida; ante ella, es mucho mejor que esté descansado.













