LA FAMILIA BICENTENARIO
(Revista El Sabado, El Mercurio) Los amigos de Rodrigo Polidura y Francisca Mackenzie, ambos 31 años, saben que cuando hacen un carrete, la invitación tiene que ser por cuatro. Es que cada vez que Rodrigo y Francisca salen, van con sus dos hijos: Laura, de tres años, y Manuel de uno y medio. «Mis amigos saben que salimos con los niños. No hay que bajar la música ni nada, ellos se portan súper bien», dice Rodrigo.
El cuarteto es el tipo de familia del Chile del Bicentenario en cuanto al número de integrantes. Según la sección de «Población y familia» del libro Chile en cifras (a publicarse en diciembre), encargado por la U. Andrés Bello y elaborado por la empresa Datavoz, ante la pregunta «¿cuál es el tamaño ideal de una familia?», el 48 por ciento responde dos hijos. El 31 por ciento contesta tres hijos. Y si se mira la tasa de fecundidad, los números apuntan a lo mismo. En 1950, las mujeres tenían en promedio cinco hijos; luego, en los 70, la tasa era de 3,6 hijos por cada mujer en edad fértil. Hoy, la tasa es de 1,9.
«Nosotros hacemos todo juntos; por ejemplo, a mi y a la Pancha nos encanta acampar y vamos los cuatro.
Claro, es más complicado, hay que llevar más cosas, pero no importa, me encanta estar con mis hijos», explica Rodrigo.
¿Por qué sólo dos hijos?
La directora de Sociología de la UNAB, Stephanie Alenda, da una respuesta: «La planificación de tener o no un hijo es compleja dentro de la realidad del contexto chileno, que no es amigable en cuanto a los costos de crianza».
Y en el caso de los Polidura Mackenzie es así. Les ha ido bien, pero todavía no les alcanza para sumar un nuevo integrante al clan. «Nos encantaría tener más hijos, pero hoy, por plata, no se puede», explica Rodrigo.
APLAZAR EL MATRIMONIO
La arquitecto Gabriela Muñoz partió a Madrid en 2003 para hacer un máster. Aunque muchas de sus amigas ya estaban casadas, Gabriela, quien tenía entonces 29 años, decidió terminar un pololeo y partir por tres años a estudiar a España. «Decidí priorizar eso para conocer, hacer otras cosas. No estaba en mis planes casarme».
Estando allá, conoció a Raúl López, un abogado español. En 2005 comenzaron una relación y decidieron venirse a Chile, donde vivieron juntos por tres años más. Luego se casaron. «Lo hicimos porque queríamos tener hijos y porque para mi marido era importante estar casados para eso», explica Gabriela.
Ellos están por sobre el promedio de edad de los chilenos que decide casarse: en el caso de los hombres, a los 32; y las mujeres, a los 30.
Hoy Gabriela tiene 36 años, Raúl 34 y hace cuatro meses se convirtieron en padres de Antonio. «Tener un hijo a esta edad es un poco más cansador, cuesta más trasnochar, pero estoy mucho más tranquila con que hice todo lo que quería hacer», explica Gabriela. «Me fui, disfruté no sólo lo profesional, sino que el vivir un poco más, tener más experiencias». En el futuro, el plan es tener más hijos.
Un caso opuesto es el de Sebastián Russi y Verónica Silva, que decidieron casarse antes de cumplir los 30. En 2007 Sebastián estaba haciendo un magíster en Arquitectura en el Politécnico de Milán, le iba bien y disfrutaba de la ciudad. Pero algo le faltaba. Acá en Chile estaba su polola Verónica. Al principio se las arreglaron. Ella lo fue a ver, y entre el teléfono, el chat y el mail, le ganaban al tiempo y la distancia. Eso, hasta que a Sebastián le hicieron una atractiva oferta de trabajo. Ese día agarró sus maletas y se devolvió a Chile. Con 27 años -hoy tiene 28-, le pidió a Verónica -que tenía 23- que se casaran.
El caso de ambos, según el libro UNAB-Datavoz está sacado como de la máquina del tiempo. Para ser precisos, del Chile de 1990, cuando la edad promedio para casarse era 27 para ellos y 24 para ellas.
Los estudios, la especialización profesional y la consolidación en el trabajo han hecho que los chilenos aplacen el matrimonio. «Pero también se puede disfrutar de la pareja, ser exitoso, estudiar y estar casado. Yo, de hecho, estoy haciendo un diplomado», dice Verónica.
¿Hijos?
«Para nosotros es importante tener hijos y como nos casamos jóvenes no tenemos apuro. Me encantan las familias grandes, yo me crié en el campo con cuatro hermanos, pero en Santiago creo que tendremos tres a lo más. Acá todo es más caro y más difícil», explica ella.
LA FAMILIA TRÍO: UN SOLO HIJO
Patricia Lobato, 39, y Héctor Cabezas, 38, se conocieron de adolescentes; iban a la misma parroquia y comenzaron a prepararse juntos para la confirmación. En 1991 entraron a estudiar Pedagogía y ese mismo año se convirtieron en pololos. Terminaron tres o cuatro años después y no se vieron más.
Pasaron 13 años. Ambos estaban emparejados con otras personas. Hasta que un día Patricia llamó a un viejo número de teléfono que tenía de él. Se juntaron a tomar un café y ponerse al día. Hicieron lo mismo la semana siguiente. Al mes, ya tenían claro que estaban enamorados. Cada uno terminó su otra relación y al año se quisieron casar, pero hubo que posponerlo por una enfermedad de la madre de Héctor.
Nunca hablaron de ser padres. «Mi parada era no ser mamá», dice Patricia. «Y él tampoco tenía interés, queríamos seguir estudiando, trabajar harto, estábamos metidos en proyectos, no había tiempo, ni plata, ni ganas para ser papás».
En 2007 se fueron a vivir juntos, y Patricia, por primera vez en su vida, sintió ganas de formar familia, «de cuidar a mi propio grupo humano», dice. Y nació Emilia, seguros de que será la única hija que tendrán. «Tiene que ver con la calidad de vida a la que podemos acceder con un hijo», explica ella.
Así, Héctor y Patricia pasaron a las estadísticas del 60 por ciento de las parejas en Chile que, teniendo un hijo, no quieren aumentar el número de niños en la familia. «Nuestra opción incluye tener tiempo con Emilia, los dos tomamos jornadas de trabajo de medio día: mis turnos son en la mañana, Héctor trabaja en las tardes; uno la va a dejar al colegio y el otro la va a buscar. Es una decisión de disfrutarla harto».
De acuerdo al libro UNAB-Datavoz, lo del hijo único es una opción transversal a todas las clases sociales, ya que el promedio de hijos en 2009 en todos los quintiles, desde el más pobre al más rico, es de un hijo.
«La sociedad chilena actual no potencia la maternidad, por el contrario, la desincentiva con políticas laborales que no facilitan el trabajo de mamás a las mujeres», explica la socióloga y decana de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. Andrés Bello, María Margarita Errázuriz.
MÁS VIEJOS
En 1940 la población que tenía más de 60 años bordeaba las 50 mil personas; en 2020 se espera que este grupo llegue al medio millón e iguale a la población menor de 15 años. Si a esto se le suma que la esperanza de vida de los hombres es de 76 años y de las mujeres 82 -cifras que sitúan a Chile sobre la media de Latinoamérica y a nivel de los países desarrollados- los ancianos tendrán un rol protagónico.
«Pero el país no está preparado para esta situación y se requiere de radicales cambios en salud, educación (pensar en segundas carreras), políticas de incentivo al ahorro, actividad laboral como desalentar la jubilación anticipada y aumentar paulatinamente la edad en que tanto hombres y mujeres se jubilan, para acercarse a los 68 para ambos sexos», dice Errázuriz.
POLOLOS PUERTAS ADENTRO
Eran compañeros de trabajo hace más de un año, pero nunca habían hablado mucho. Gabriela Figueroa, 31, es veterinaria, y Pablo Majoo, 29, bioquímico, y aunque alguna vez les tocó estar en el mismo proyecto dentro del laboratorio en que trabajaban, no habían cruzado más de un par de palabras. Hasta que, tras salir una noche con compañeros de la oficina, entablaron una relación. Hoy llevan más de un año pololeando, y desde marzo que viven juntos en una casa en Vitacura. «Nosotros nos queríamos, teníamos un proyecto común, y estaba el interés de tener un espacio de los dos», dice Gabriela acerca de su decisión. «Igual estábamos juntos todo el día, así que era mejor vivir juntos también», sentencia Pablo.
Cuentan que la mayoría de sus amigos están casados, pero que ellos consideran que muchos lo hicieron por cuestiones más prácticas que románticas: por la llegada de los hijos, por herencias, por cosas legales. Ellos, en cambio, son parte de una realidad que hoy en Chile está completamente aceptada. El libro UNAB-Datavoz dice que el 67 por ciento considera que un hombre y una mujer conviviendo son una familia. «Nosotros nos vinimos a vivir juntos, y desde que entramos a la casa nos dijimos que esto era nuestro, que esta es nuestra familia», dice Gabriela.
«No hay de parte de las parejas jóvenes un rechazo hacia la vida conyugal como tal, sólo una distancia con respecto al modelo de pareja casada tradicional. No hay, por lo tanto, una institución en crisis, sino una institución que se transforma bajo el efecto de cambios sociales», explica la socióloga Stephanie Alenda.
Aunque llevan sólo unos meses conviviendo, ya han formado un pequeño y ruidoso clan: Gabriela tenía dos perros y un gato, y Pablo otro gato. Las cuatro mascotas se han tomado el patio de la casa y buena parte de su interior. A ellos se les sumó recientemente Oso, un nuevo perro. Gabriela resume: «Son los tuyos, los míos y el nuestro».
Esta validación de la convivencia es un fenómeno reciente. En 2002, sólo el 15 por ciento estaba de acuerdo con que una pareja compartiera el mismo techo sin la intención de casarse. Hoy, esa aprobación se empina a un tercio. Es más, al sumar a quienes están «de acuerdo» y «muy de acuerdo» con que «es una buena idea que una pareja que desea casarse viva junta primero», se suma casi un 80 por ciento, cifra que ha crecido en 15 puntos los últimos ocho años.
EL SOLTERO FELIZ
«No te metas con mujeres casadas», «La mujer de tu vida no existe» y «Prueba, prueba y no dejes de probar», son algunos de los mandamientos que Carlos Lavín predica y práctica con orgullo desde hace ya un buen tiempo.
Este ingeniero comercial de 36 años integra las cada vez más numerosas filas de los solteros que, por decisión propia, prefieren autonomía e independencia.
«La filosofía unitaria sostiene que hay que alargar la soltería. Básicamente, el modelo antiguo estaba diseñado para otra expectativa de vida y una realidad socioeconómica diferente», explica Lavín.
¿Matrimonio? No lo descarta, pero de darse no será antes de los 40. Y para eso, cuenta con varios referentes directos: «Mi tata y mis tíos Luis y Max. El primero se casó tarde y tuvo un matrimonio muy feliz de 30 años con mi abuela. El segundo se casó alrededor de los 50 y mantiene un matrimonio hace más de 20 años; y el tercero se casó muy temprano y luego optó por la soltería».
Detrás de la decisión de Carlos hay una cifra reveladora. En 1988 hubo en Chile más de 100 mil matrimonios; el año pasado, en tanto, se realizaron menos de 58 mil.
Incluso, según el libro UNAB-Datavoz, el 58 por ciento de los solteros confiesa que «no le gustaría casarse o volver casarse», cifra que sube a 83 por ciento entre los viudos.
El último mandamiento de Carlos es: «No mueras soltero», y dice textual: «Estira el chicle al máximo y cásate cuando estimes que no te quedan más de diez años de vida… Felicidad garantizada». Carlos está entre el 42 por ciento de los hombres solteros que desea casarse.
Las mujeres solteras también han dejado atrás la imagen de la mujer mayor de 30 con el vestido de novia en la cartera. En 1910 sólo el 37 por ciento estaba soltera al tener a su hijo, cifra que se invirtió en 2007, cuando el 63 por ciento no estaba casada al ser mamá.
Realidad que incluso es validada por la sociedad. Según UNAB-Datavoz, un 67 por ciento cree que está bien que «una mujer tenga un hijo aún cuando no quiera tener una relación estable con el padre».
El estudio completo será publicado en el libro Chile en Cifras: observatorio de tendencias sociales en Chile, que se presentará en Diciembre. El proyecto, encargado por la U. Andrés Bello y elaborado por un equipo multidisciplinario de la empresa DATAVOZ, fue encabezado por Carla Lehmann.
La billetera de los chilenos En la década del 50 casi la mitad del presupuesto familiar de los chilenos se iba en alimentos y bebidas. Sesenta años después, gracias al aumento de los ingresos, esta cifra cayó a 22%.
¿En que gastamos ahora? Casi una cuarta parte del sueldo se va en transportes y comunicaciones, y un 12% en educación.
Pero a pesar de que ha aumentado el ingreso en todos los quintiles -el más pobre lo ha más que duplicado en los últimos 20 años-, Chile sigue liderando el ranking en desigualdad.
Mientras en 2007 una familia del quintil más pobre invertía 14 mil pesos en educación, una de los sectores más acomodados destinaba en promedio 148 mil pesos. «Esto sólo aumenta la brecha de desigualdad en el país, porque es justamente la educación la forma en que los grupos sociales logran avanzar en los estratos», dice María Margarita Errázuriz.
Ficha técnica*Encuesta efectuada a 1.156 persona mayores de 18 años.





