Connect with us
Sábado 31 de Octubre de 2020
Dolar: $772,80
Valor UF: $28.833,07
Euro: $897,55

Magallanes contra la segunda ola

Noticias

Magallanes contra la segunda ola

Magallanes contra la segunda ola

Punta Arenas. 12 octubre 2020. Durante la última semana de agosto, cuando los contagios en la Región de Magallanes pasaron a tener tres dígitos, el alcalde de Punta Arenas, Claudio Radonich (RN), sintió que esto era grave.

Ya a comienzos del mes se lo habían alertado desde la urgencia del único de alta complejidad en la zona, el Hospital Clínico de Magallanes: estaban llegando más de 85 personas diarias consultando por PCR, y la positividad de los resultados estaba alcanzando el 10%.

Pero esta vez el brote era distinto. Pese a que la primera ola la habían sorteado con dificultad, sobre todo en abril, cuando tuvieron que trasladar a 16 pacientes a otras regiones, los casos nunca superaron los 50 diarios y alcanzaron a tener 60 pacientes hospitalizados.

Ahora, si bien eran pacientes con síntomas leves, de pronto comenzaron a llegar en masa.

La infectóloga del hospital, Mónica Pinto, lo describe así: “Es como si fuera otra epidemia, vimos que todo era distinto: el comportamiento de la transmisión, de los hospitalizados y de los síntomas.

Cuando en una casa de cinco personas se enfermaban dos o tres, ahora se contagiaban los cinco”.

El mismo día que alertó al alcalde, cuando se superaron los 100 casos diarios, fue el punto de inflexión para que los trabajadores del hospital se dieran cuenta de que esto no venía bien.

Y la segunda ola no llegaba en el mejor de los momentos: justo habían comenzado a volver los pacientes descompensados y con enfermedades crónicas a retomar tratamientos que habían postergado los meses anteriores.

Pero, además, a causa de la larga estadía de los últimos pacientes Covid de la UCI, el personal de salud no había logrado descansar lo suficiente.

Pese a que han llegado más de 52 profesionales de distintas regiones del país a colaborar, en la UCI están apareciendo entre dos y 11 pacientes diarios a hospitalizarse.

Eso sumado a que dentro del hospital han aumentado los contagios y, con ello, las cuarentenas, quienes quedan han tenido que redistribuir o aumentar los horarios de sus turnos.

De hecho, de los 3.082 funcionarios de salud que hay en toda la red asistencial de la región, 88 están contagiados y 205 en aislamiento preventivo.

“Lo que nos está pasando es que la estadía de un paciente es mayor de la que uno pudiera definir como una tasa de recambio cero.

Aquí en un día pueden entrar cinco y salen uno o dos. Hay días que tenemos mayor descarga de camas, pero finalmente esto nos está mostrando una pendiente que lentamente va en ascenso y que en algún minuto, el temor que tenemos es que no seamos capaces de tener el recurso humano para hacernos cargo de más pacientes”, advierte el subdirector médico del Hospital Clínico de Magallanes, Claudio Barría.

Los traslados aéreos a otras regiones del país ha sido lo que más ha ayudado a contener el brote.

El jefe de la UPC del hospital, Christos Varnava, lo describe como un tenso equilibrio: “Están ingresando muchos a ventilación mecánica y esto se ha podido resolver con las aeroevacuaciones, pero todo llega a un límite en que la situación se pone tensa”.

Hasta la fecha ya van más de 50, subiendo en promedio a dos pacientes al día. Y temen que una segunda ola en Santiago o el aumento de hospitalizados por otras patologías complejicen la disponibilidad de camas.

“Nuestros cupos ahora en el sector público de la RM no son ilimitados. Antes teníamos entre 10 y 15 camas disponibles, pero ahora están saliendo menos de 10”, cuenta una fuente de la UGCC.

Ya van más de 52 traslados de pacientes Covid a otras regiones del país.

Las hipótesis sobre cómo Magallanes se convirtió en la región con el promedio semanal de contagios más alto de toda la pandemia y con una tasa de positividad por sobre el 50%, son diversas.

La variación del virus, que ahora trae una cepa más contagiosa, detectada por científicos de la Universidad de Magallanes, es una ellas, pese a que todavía no esté ciento por ciento confirmado.

Sin embargo, el efecto de las Fiestas Patrias, el clima y el escaso recambio de aire también se han tomado en cuenta.

“En esta región la vida social es intramuro y de esta forma hemos podido correlacionar, a través de la trazabilidad, que los contagios en su mayoría se dan en este contexto, comunitario.

Es decir, en reuniones familiares o sociales, que lamentablemente no han cesado”, explica la intendenta Jenniffer Rojas.

Por esta misma razón es que se están extremando las medidas de cuidado. Ayer, durante el reporte diario, la subsecretaria de Salud Pública, Paula Daza, inclusó llegó a recomendar el uso de mascarilla dentro de la casa.

Pero la trazabilidad también se ha vuelto un problema. “Las personas no entregan toda la información de sus contactos estrechos para que estos no realicen cuarentena y así no poner en riesgo su estabilidad laboral”, añade Rojas.

A eso, el alcalde Radonich reconoce que se le sumó una descoordinación en la toma de decisiones durante la intendencia anterior.

La mezcla de factores generó la tormenta perfecta para llegar a un límite impensado.

Fue ahí cuando tras percatarse de que habían cruzado toda barrera, Radonich, sentado en su oficina, luego de hablar con autoridades y funcionarios del hospital, sintió -recuerda- “la angustia e incertidumbre de no saber si estábamos manejando el virus”.

Ciudad desolada

Hay algo que venía inquietando al alcalde mucho antes de esto. El golpe económico en Punta Arenas, dice él, será más fuerte que en cualquier otra región del país, pues además de los 11.910 trabajadores informales que existen, del total de la fuerza laboral ocupada -que según el INE actualmente suman 79.190 personas-, los trabajadores de la industria turística pueden llegar a representar el 14% en temporada alta y un 8% en temporada baja, de acuerdo a estimaciones regionales.

Hoy todos ellos permanecen totalmente parados. “Nuestra ciudad va a ser más pobre, porque el turismo no se va a recuperar en la magnitud que uno espera de aquí a dos temporadas más. Y esto, además, está condicionado a una vacuna”, explica Radonich.

Bien lo sabe Francisco Álvarez (50), quien lleva desde 1997 en el rubro, con una discoteca y su restobar Ópera, ubicado en pleno centro de Punta Arenas.

El 14 de marzo fue el último día que abrió, por lo que hace más de seis meses que comenzó a resentir el golpe.

Todo este desplome de los negocios ha hecho que para él la ciudad ya no sea la misma.

Las calles Carlos Bories y la Plaza de Armas Muñoz Gamero, en pleno centro neurálgico, ya venían abatidas por las protestas del estallido, con luminarias rotas, vidrios de locales quebrados y semáforos malos.

Además de que eso sigue tal cual, con la cuarentena, dice, el centro de Punta Arenas se ha convertido en una ciudad desolada.

“Todo ha cambiado mucho. A las seis de la tarde nadie circula, es una ciudad triste, con locales cerrados o en arriendo y otros que se han reinventado con alguno que otro minimarket”.

La pandemia lo obligó a despedir a cinco de sus trabajadores y, por ahora, para sobrevivir tuvo que vender su auto y ocupar gran parte de sus ahorros.

“Quisimos pensar que iba a ser algo de tres meses, pero se ha escapado de las manos. Nos sentimos abandonados como industria.

Estar cerrados desde el 14 de marzo es catastrófico, nadie aguanta sin flujo durante tanto tiempo y con cargas económicas tan grandes”, dice Álvarez.

Quizás por eso la segunda cuarentena, que comenzó el 21 de agosto, terminó por colmar la paciencia de los magallánicos.

Prueba de ello ha sido la difícil tarea de reducir la movilidad en la ciudad que, en el primer confinamiento, logró disminuirse en un 40%.

Hasta la fecha, apenas ha bajado en un 24%, y esto tiene una razón: muchas empresas descubrieron que ampliando sus giros a un servicio esencial podían salir a trabajar.

No por nada durante la semana pasada se emitieron más de 50 mil permisos colectivos.

Esos, más los 20 mil individuales que se registraron, hicieron que la ciudad pareciera estar funcionando en condiciones normales, pese a su cuarentena total y a su toque de queda a las 20 horas.

Hasta salió un grupo de Facebook en el que se advierten dónde y a qué hora están realizando los controles de fiscalización.

“Las personas perdieron el miedo y eso nos quedó muy claro al verlo reflejado en el estudio de movilidad.

Llama la atención que posterior a la primera cuarentena, tuvimos índices de movilidad mucho más altos que incluso antes de que llegara el virus a nuestra región”, explica la intendenta Rojas.

La movilidad en Punta Arenas se ha reducido solo en un 24%, pese a su cuarentena total y toque de queda a las 20:00 horas.

Roberto Gómez (50), un estilista que tiene su peluquería en el Barrio 18, relata cómo la pérdida del miedo y la desesperación por percibir ingresos hicieron que entre algunos locatarios de su sector se dieran cuenta de la estrategia para volver a trabajar, adaptándose a esta nueva normalidad.

Tiendas de electrodomésticos que comenzaron a vender mascarillas e incluso alimentos para transformarse en un servicio básico, o perfumerías que traían alcohol gel comenzaron a hacerse recurrentes.

“En esta región se está notando mucho la falta de trabajo. A mí me dijeron que si ponía un cartel donde salga que vendo mascarillas y alcohol gel, podía abrir. Pero no he querido hacerlo, porque es como engañarte a ti solo”, dice el estilista.

A Radonich esta práctica le genera una doble sensación: “Los trabajadores independientes no pueden salir a trabajar porque no hay un permiso para ellos, pero sí para grandes tiendas. Es una sensación de injusticia que uno la entiende, ¿por qué unos sí y otros no?”.

Ciudad resiliente

Pasar por encima de la norma tiene un costo. Si durante la primera ola de contagios hubo 40 fallecidos de Covid, en esta pasada, entre agosto y octubre han muerto 66 personas, dejando un saldo total de 106 defunciones por el virus en la región hasta el último reporte.

Esto, cuentan en la Funeraria Jesús Nazareno, se dio en cosa de días. “Fue como una explosión.

Al principio estábamos bien, con pocos fallecidos, pero de repente, de un momento a otro, empezó a morir mucha gente”, cuenta Maureen García, dueña de la funeraria.

Pero lo más fuerte para ellos ha sido ver cómo las familias no pueden ver a sus seres queridos y son ellos quienes deben despedirse en su lugar.

“Da mucha angustia ver a todas esas personas que dejan a sus familiares en el hospital, pero luego no los ven más. Y lo único que quieren es tocarlos, al menos despedirse”.

Eso le pasó a Luciano (38), un chef de un restorán de carnes, cuando fue a dejar a su mamá al Hospital Clínico de Magallanes, el 26 de agosto, porque no podía respirar.

Fue la última vez que la vio. Alcanzó a estar casi 10 días hospitalizada, hasta que falleció el 5 de septiembre: justo un día antes del cumpleaños número 69. “Aún no puedo creer cómo este virus me la arrebató”, dice con la voz quebrada.

Para él y su familia, el Covid siempre fue una amenaza. Desde la primera cuarentena que tomaron todos los resguardos: cada vez que alguien salía tenía que sacarse la ropa, echarse amonio cuaternario e irse a la ducha directamente. Por eso que hasta hoy no saben cómo su mamá, que casi no salió por su diabetes e hipertensión, se contagió.

El trauma de perder a alguien ha hecho que hoy más que nunca se estén cuidando. Luciano sabe lo que es salir y encontrarse con la muerte. Pero, cuenta, para la gente no es tema.

“Hoy, en Punta Arenas vemos cómo todos los días muere un magallánico, cómo todos los días están trasladando pacientes a Santiago, y la gente anda en la calle, paseando, comprando en la Zona Franca. Le perdieron el miedo a este virus y eso es porque no han visto el sufrimiento del otro”.

De igual manera, los 106 fallecidos pesan en el ambiente. Sobre todo porque a diferencia de otras zonas del país, al ser esta una región tan extrema y aislada, muchos no tienen una red familiar tan amplia, cuenta el alcalde Radonich.

Por eso piensa que el golpe emocional, sanitario y económico será mayor que en otros lados.

De alguna manera, para él, la pandemia vino a revelar una fragilidad en la economía de la que no se habían percatado y que, de un momento a otro, afectó brutalmente a sus vecinos de la comuna de Punta Arenas.

Aunque luego hace otra reflexión: “Nosotros somos una ciudad resiliente, que se fundó en medio de vientos y de un pino hostil que siempre ha estado fuerte. Pero ahora, con esta pandemia, nos dimos cuenta de su fragilidad”.

Fuente:latercera.com

Continue Reading
Advertisement

 

 

Facebook

Lo + Visto

To Top