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Eugenio Tironi: “Hay un límite socioemocional y los chilenos no están dispuestos a gastar sus energías en el crecimiento”

Eugenio Tironi: “Hay un límite socioemocional y los chilenos no están dispuestos a gastar sus energías en el crecimiento”

Santiago. 24 abril 2017.  Recibió una andanada de críticas por su columna. Eugenio Tironi ingresó a la discusión sobre el crecimiento y lanzó su tesis de que los chilenos llegamos a nuestro límite socio-emocional.
 
“La gente lee lo que quiere leer, y como hay un estereotipo de que soy de izquierda, entonces creen que hablo contra los empresarios.
 
Me señalan que el problema es que hay muchas restricciones y que está lleno de emprendedores startup. ¡Pero eso no es lo que estoy diciendo!”, recalca.
 
Entonces, ¿en qué base su tesis?
 
-Muchos creen que llego a esa conclusión al ver a los empresarios, pero no es así. Lo que creo es que el país no los acompaña mucho en eso y basta ver la vida cotidiana de la gente.
 
¿En qué sentido?
 
-Si uno va a cualquier lugar de Chile, conversa con gente concreta, ve que las personas no están dispuestas a hacer el tipo de sacrificio que hicieron en el pasado, o hacían sus padres o abuelos, para alcanzar el bienestar económico; o sienten que esos sacrificios no son recompensados justamente o equitativamente, por tanto no están predispuestos a hacerlo. O simplemente han diversificado sus intereses. Dicho de otra forma, el crecimiento no tiene el comportamiento erótico de antes.
 
¿Pero cómo no van a querer crecer si con ello pueden ascender, estar mejor que sus padres?
 
-La gente tiene menos disposición a ser asalariado, hay mucha inclinación a tener un negocio propio más compatible con su estilo de vida, se ve en los jóvenes profesionales que son más selectivos en el tipo de empleo y no están dispuestos a cualquier sacrificio por su vida laboral. Es cuestión de ver cuántos hijos de los grandes y medianos empresarios de Chile están siguiendo la huella de sus padres, no son demasiados. Cuando se habla de crecimiento potencial se colocan parámetros económicos como el capital, el trabajo, productividad, pero también hay un límite socioemocional y los chilenos de carne y hueso, a todos los niveles, no están dispuestos a gastar lo principal de sus energías en el crecimiento. Ahora, yo estoy constatando una realidad, no estoy aplaudiéndolo, me gustaría que se invirtiera más en el crecimiento.
 
¿Tiene que ver con el aumento de la clase media o de la tecnología?
 
-Con todo eso. Hoy la vida puede hacerse más confortable con un nivel de ingreso menor porque hay más bienestar social, más Estado benefactor; porque la tecnología e infraestructura son más accesibles y eso mejora mucho la calidad de vida; y porque hay también muchas oportunidades de sobrevivencia económica en el mundo informal de consultorías, comercio, compro miel acá, le pongo una semilla y la vendo allá, etc, etc.
 
No obstante eso es informalidad.
 
-Esto está relacionado con la ilusión de la clase media emergente: salir de la pobreza, pasar a la clase media e ir subiendo peldaño a peldaño aspirando a terminar en la clase alta. A lo largo de una generación se podía aspirar salir de La Pintana y llegar a La Dehesa pasando entremedio por La Florida, Maipú, esa fantasía, ese sueño chileno se ha roto.
 
¿Por qué?
 
-Porque la experiencia enseñó que es muy difícil llegar al tope, quienes llegan son excepcionalísimos, porque llegar allá está más relacionado con el colegio, de la universidad, las redes. Los chilenos corremos harto, hacemos un esfuerzo, pero llegado un momento nos tendemos a estabilizar, sobre todo a nivel de clase media.
 
¿Se rompió porque la clase alta veta el ingreso de otras personas?
 
-Uno porque es inaccesible como en todas partes del mundo incluso en EEUU. Y porque la calidad de vida de las personas cuando han llegado a un cierto estatus no es mala. Si uno ve las encuestas, en el índice de la felicidad estamos número 20 entre 155 países, estamos entre los 10 países que ha mejorado, o cualquier otra encuesta señala que la gente está muy satisfecha con su vida, y cree que va estar mejor en el futuro.
 
Claro que cuando le preguntan por el país hablan puras miserias, pero a nivel de su entorno está conforme. Entonces ¿por qué pedalear más fuerte? Por qué seguir esforzándome hacia una quimera que nunca voy a alcanzar. No, llegó la hora de aquietarse, hay una suerte de complacencia.
 
¿De templanza?
 
-Para algunos es pérdida de energía, de que no anden todos como winners; y para otros puede ser templanza.
 
¿Por qué esa disociación entre la vida personal y de país?
 
-Porque cuando a la gente se le pregunta por el país ve a las elites, y hoy la población tiene una opinión muy crítica de ellas.
 
¿Esta crítica también tiene que ver con su estilo de vida?
 
-Hay sentimientos mezclados. Si la elite les propusieran integrarse a ellos, abrieran las puertas y pusieran una alfombra roja, creo que la mayoría de los chilenos lo tomaría. En los 90 existía la ilusión de que todos íbamos a ser ricos, y hoy todos queremos ser felices, vivir mejor con lo que tenemos, estamos menos aspiracionales. Y el discurso de los economistas tanto de gobierno como de oposición así como el empresarial no se ha hecho cargo de esta mutación cultural.
 
¿Por qué no lo quieren ver o por qué se quedaron el pasado?
 
-Es duro aceptarlo porque les quita protagonismo. Antes eran celebridades porque daban respuesta a la pulsión principal que era el crecimiento. Ahora cuando las personas tienen otros intereses, el mundo económico pierde la centralidad que tenía; o no ve esta nueva situación o la niega y sigue insistiendo en soluciones creyendo que se puede retomar el crecimiento con recetas de los años ‘90. Yo no creo que funcione.
 
¿Cuál sería la receta?
 
-Se requieren estímulos mucho más sofisticados para mover a la gente, otras teclas como democratización de oportunidades, trabajo más flexible y creativo, otra relación con el medio ambiente.
 
¿Esta desafección tendrá que ver con la poca meritocracia?
 
-Ese es un problema mundial. La globalización trajo consigo la concentración de la riqueza y la distancia entre la elite económica y los grupos medios se ha agudizado. Y al interior de la clase media se está pasando bien. Digámoslo con parámetros de Santiago: “Con el mall Vespucio Norte o con el Costanera Center donde puedo llegar en metro, estoy OK, no quiero ir al mall de La Dehesa o a Casa Costanera, con lo que tengo incluso puedo llegar a Miami, recorrer Chile, y para lograrlo no tengo que matarme trabajando a nombre del crecimiento”.
 
¿El Estado benefactor provoca menos estímulo para crecer?
 
-No. Ese fue un gran debate en EEUU porque el mundo conservador estimaba que había que quitar la protección social para que la gente trabajara más, pero hay mucha investigación empírica, comparaciones entre países, que prueban que ello no es verdad. Los países con más alta productividad tienen una altísima protección social como los escandinavos, y al mismo tiempo tasas de felicidad superiores al resto del mundo. Mi polémica con algunos interlocutores es que ellos dicen que el gobierno no estimula el crecimiento, en el fondo que basta cambiar de gobierno para que la cuestión vuele como espuma, yo tengo mis dudas.
 
¿Por qué?
 
-De pronto se aplica el recetario de los ‘90: basta una retórica procrecimiento, bastan autoridades que miren un poquito al techo cuando se trata de normas medioambientales, de hacer lobby con los jueces para que no traben los proyectos, hacer regulaciones más amigables y retomamos el 8%, ¡no! Eso no es así, y no sólo por condiciones externas sino que por condiciones socioemocionales.
 
¿Cuánto de eso ha ayudado el discurso contra el lucro?
 
-Este gobierno no vino de Marte, fue elegido por los chilenos, y en parte porque decía eso. En el fondo el liderazgo empresarial y de los economistas descansaba en la amenaza de la escasez lo que fundaba el deseo de crecer, y eso le daba estatus, poder, pero hoy esta amenaza se ha reducido, y más bien es la amenaza de la abundancia que nos lleva al cambio climático, al consumo desproporcionado de energía, y al cambiar un poco el eje el deseo de crecer se complementa con otros como estar cerca de la naturaleza, a tener más vida espiritual.
 
¿Cómo se puede cambiar este escenario?
 
-Con los inmigrantes porque ellos tienen las ganas que nosotros teníamos en los ‘90, y en todos los países del mundo es así: dos tercios de los empresarios de Silicon Valley son inmigrantes, nacidos fuera de EEUU, ellos tienen esa hambre, ese deseo.
 
¿Por qué en Chile la gente estaría feliz con lo que tiene, cuando a otros países como los asiáticos no se les quitan las ganas de crecer?
 
-Hace poco salió un libro en EEUU que se llama la clase complaciente, que habla de una población menos empujadora, los que eligieron a Trump. En China el gran problema es que sus tasas de felicidad se fueron al piso pese a que la economía crecía a 8%. Va quedando Singapur pero no todo el mundo puede ser Singapur.
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